sábado, 2 de octubre de 2010

Las fases del género (axiomático) de la ciencia ficción: segunda fase

Y es que no debe entenderse el paso de una fase a otra como un corte en el que sólo se mantiene el núcleo: como el cuerpo es acumulativo, será un caso parecido al proceso de especiación desde el punto de vista del gradualismo.
En La verdad sobre el caso del señor Valdemar, Poe demuestra tener conocimientos de mesmerismo, pero el muerto parlante («y ahora... ahora... estoy muerto») y, sobre todo, la descomposición del cuerpo del señor Valdemar a ojos vista (cuesta creer que alguien confunda esto con un informe científico, salvo mala fe) son todavía elementos fantásticos (es un relato de la segunda fase que al final nos devuelve a la primera).
La principal característica de esta segunda fase es el amplio conocimiento que presentan los autores en distintas ciencias; por ejemplo: es Hinton, que también escribía ciencia ficción, el que acuña el término «teseracto»; Konstantin Tsiolkovsky, pionero de la astronáutica y de la tecnología de cohetes (con aportes teóricos y la construcción de cohetes en la década de 1930) también escribió obras de ciencia ficción. El periodo histórico en el que esta fase domina el espectro de la ciencia ficción coincidirá con la Segunda Revolución Industrial (o Revolución Tecnológica) y la idea de Progreso (hasta que su condición de mito se haga más que evidente); es decir, entre la década de los sesenta del s. XIX y el periodo de Entreguerras.
Durante este periodo asistimos a un gran desarrollo científico y tecnológico. Mientras que la tecnología produce objetos cada vez más fascinantes, las ciencias van adquiriendo una complejidad creciente, hacia una inevitable especialización.
Como ejemplos tecnológicos, aparecen: la ametralladora, el torpedo, la dinamita, la máquina de escribir, el teléfono, la telegrafía sin cable, el fonógrafo, el cine, el automóvil, el zepelín, el avión, la pasterización, la aspirina, la penicilina o el nylon; se construye el Canal de Suez (1888), la primera planta hidroeléctrica (Edison, en 1882), el metro de las principales ciudades del mundo (Londres y Nueva York en 1863 y Estambul en 1876 son las primeras), los rascacielos (el Home Insurance Building de Chicago, de 42 m. de alto fue el primero, en 1885; el Manhattan Life Insurance, de 106 m., en 1894, fue el primero en pasar de 100 m.; el Edificio Telefónica de Madrid en 1929, de 89 m., fue el primer rascacielos de Europa; el Empire State Building, de 381 m., se construye en 1931), la Torre Eiffel de París (330 m., 1889) o las autopistas alemanas (autobahn).
Junto a las ciencias clásicas y las cientificistas se van desarrollando otras. Es el periodo del desarrollo de la Lingüística y la Psicología; en el caso de la primera, con la invención de la notación fonética de Alexander Melville Bell (1864), el Curso de Lingüística general de Saussure (1916), el Tractatus de Wittgenstein (1922) o las escuelas teóricas del Círculo de Viena (1922), el Círculo lingüístico de Praga (1928) o el Círculo lingüístico de Copenhague (1931), con Louis Hjelmslev. En Psicología, encontramos los experimentos de Pavlov sobre los reflejos condicionados (1890-1900) a través de Watson (fundará la Escuela Psicológica Conductista en 1913) y el psicoanálisis de Freud, que alcanzará gran prestigio social e influencia en el arte. Compte acuñó el término «Sociología» ya en 1838 (aunque todavía distaba de ser la ciencia positiva que él pretendía), durante este periodo se irán cerrando su campo y delimitando sus métodos, con Weber, Simmel o el socialismo. El socialismo de Marx y Engels, lo que éste último llamó «socialismo científico» (1880), tendrá una grandísima influencia sobre la Sociología, la Economía y la Historia (Marx es, junto a Keynes, uno de los economistas más destacados de este periodo, y junto a Smith, o Ricardo, uno de los considerados padres de las ciencias económicas; en Historia, sus ideas sobre la lucha de clases y el materialismo serán decisivas para su desarrollo teórico); su aplicación tecnológica la encontraremos en el movimiento sindical y en los partidos políticos socialistas y comunistas (Pablo Iglesias funda el PSOE en 1879 y la UGT en 1888; los partidos comunistas de Francia, Inglaterra y España se fundan en 1920-1921), cuyo hito es la Revolución de Octubre (1917) que trajo el nacimiento de la URSS (1922). El comunismo se concibe como un paso más en el progreso de la historia de la humanidad (Lenin definió el imperialismo desde un punto de vista progresista al decir que es «la fase superior del capitalismo», i.e., la fase previa al socialismo); en sentido opuesto encontramos la Geología (Wegener formula la teoría de la deriva continental en 1912), la Paleontología y la Historia: se descubre el Archaeopteryx (1861), el Pteranodon (1876), el Stegosaurus (1877), el Apatosaurus que se denominó Brontosaurus (1879), el Triceratops, o el Tyrannosaurus rex (1892), que fascinan tanto como la incógnita de su extinción; también los descubrimientos de las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira (1879), de la Mouthe (1897) o Trois Frères (1912), las venus paleolíticas de Brassempouy (1893), Willendorf (1908), Laussel (1909), o Lespugue (1922), la carrera por encontrar los restos homínidos más antiguos (el Hombre de Java (Homo erectus) en 1862, la calavera de Piltdown (emic) en 1908, o el Australopithecus en 1925); y el (re)descubrimiento y excavación de ciudades como Xunantunich (1894), Machu Picchu (entre 1880 y 1911), Eridu (1918), Ur (1926), Hattusas (1906), Troya (1870), Micenas (1876), Cnosos (1900) y gran parte del Valle de los Reyes (destacan la misteriosa KV55 y la tumba maldita de Tutankamón, que tanto alimentarán el género fantástico).
Pero serán las ciencias cientificistas las que experimenten las mayores "revoluciones". En Biología, aparte del ya mencionado Pavlov, encontramos a Ramón y Cajal y a Golgi (padres de la neurología); se dan los primeros pasos en Genética (término acuñado en 1905) tras el redescubrimiento de los trabajos de Mendel en 1900. Darwin, tras el escándalo del Origen de las especies (1859), publicará El origen del hombre (1871) donde se opondrá a las teorías más racistas de la época, y La expresión de las emociones en el hombre y en los animales (1872), que puede considerarse pionero de la etología; las teorías de Darwin, sin embargo, darán lugar, al interpretarse sobre la sociedad humana, al darwinismo social de Spencer («la supervivencia del más apto» es una frase acuñada por Spencer, no por Darwin) y a la idea de eugenesia de Galton (aplicar la selección artificial al ser humano: idea gestada bajo el racismo científico (emic) y en nombre del Progreso): ambas ideas tuvieron gran éxito desde finales del s. XIX (si bien las ideas de Galton han caído en desuso, el darwinismo social nunca, a pesar de todo, ha dejado de estar presente en la ideología de las élites sociales). Los astrónomos descubrirán satélites de Marte, Júpiter y Saturno, y Plutón en 1930, pero fueron los canales de Marte (observados por Schiaparelli en 1877) los que más atrajeron la atención: se abrió un gran debate sobre si había agua y si hubo (o había todavía) una civilización en el planeta rojo; Lowell, gran defensor de la vida marciana, publicó Mars en 1895, ya cuando había serias dudas sobre la existencia de océanos en Marte. La influencia de Lowell la encontramos en H. G. Wells y en E. R. Burroughs (uno de los pioneros de la tercera fase).
La Física y la Química serán las ciencias que mayor influencia tendrán en la transición a la tercera fase de la ciencia ficción al abrir nuevos frentes: la teoría de la relatividad (Poincaré, Lorentz, Einstein) cambiará la percepción que se tenía de la Física y del universo desde Newton , y abrirá numerosas posibilidades en la ficción (viajes en el tiempo, o a la velocidad de la luz (o superiores), multiversos,...); en Termodinámica se desarrollan la tercera ley (1906-1912) y el principio cero; por otro lado, el átomo dejará de ser indivisible, y entraremos en (por decirlo así) "el paradigma de lo subatómico": se estudia la luz (Maxwell o Einstein) y la radiactividad (Curie, Rutherford, Fermi,...), se descubren partículas subatómicas (el electrón en 1897, el protón en 1918; el neutrón se postula en 1920 y el positrón en 1928), se desarrollan modelos atómicos (Rutherford en 1911, Bohr en 1913, Schrödinger en 1926) y los isótopos (Margaret Todd en 1913, Aston en 1922) cambian la forma de entender los elementos. También se desarrollará el grueso de la teoría de la mecánica cuántica (Plank, Rutherford, Pauli, Schrödinger o Heisenberg, entre otros).
En el conjunto de las artes también es un periodo innovador: aparte de la aparición de la fotografía (Stieglitz, Man Ray) o el cine (Méliès, Fritz Lang, Murnau, Einsenstein, Buñuel, Chaplin, los hermanos Marx,...), asistimos a la popularización del arte africano y los grabados japoneses en Europa, y aparecen la abstracción y las vanguardias: durante este periodo, se sucederán el impresionismo, el fauvismo (1905) y el expresionismo (1905), el cubismo (1909), el futurismo (1909), dadá (1916) y el surrealismo (1924). El lenguaje pictórico (Matisse, Picasso, Kandinsky, Duchamp) y escultórico (Rodin, Brancusi, Gargallo; también Duchamp y Picasso) cambiará definitivamente; también la arquitectura (Gaudi, la Bauhaus, Frank Lloyd Wright) , la música (La consagración de la primavera, de Stravinsky es de 1913; Schönberg sistematiza la dodecafonía en 1921) y la literatura (Rimbaud, Mallarmé, T. S. Eliot; Dostoievsky, Proust, Joyce, Kafka; Ibsen, Wilde, Valle-Inclán, Pirandello).
La quiebra de la idea de Progreso se producirá por dos vías: cuando se demuestre que no es infalible y cuando se vean claramente los monstruos que produce. Si bien es cierto que se explorará la mayor parte del globo («at that time there were many blank spaces on the earth», decía Marlowe en Heart of Darkness), también se empezará a ver la explotación que trae consigo el colonialismo, así como la guerra imperialista que fue la Primera Guerra Mundial (1914-1918), como la definió Lenin; también los abusos del capitalismo se hacen patentes, y las desigualdades (raciales, sexuales -es la época de las sufragistas) de las democracias occidentales. La Primera Guerra Mundial, con sus casi 10 millones de muertos y 21 millones de heridos (hacer el aspecto de los soldados mutilados y deformados más aceptable fue el inicio de la cirugía estética), y la situación del lumpen y del proletariado en el Occidente (Europa, EE.UU.) capitalista fueron monstruos del progreso (es también la época de los grandes magnates «self made», como Rockefeller, Hearst, Ford, Edison, Disney o Forbes)... pero el mayor fue el auge de los fascismos (Mussolini en 1922, Hitler en 1933), que se movían por coordenadas progresistas (los futuristas mantuvieron posturas cercanas a Mussolini, la idea de la superioridad de la raza aria estaba basada en ideas eugenésicas, históricas y progresistas). La falibilidad del Progreso quedó patente en grandes catástrofes como el hundimiento del Titanic (1912) el que, como la Armada Invencible más de trescientos años antes, nada pudo hacer contra las fuerzas de la Naturaleza, o la destrucción del Hindenburg (1937), cuyo impacto reside más en el fin de la época de los dirigibles y por haber sido ampliamente recogido por los medios; pero la gran demostración de la negación de la infalibilidad del Progreso fue el Crack del 29 (el 29 de octubre de 1929, la bolsa de Nueva York pierde 14 miles de millones de dólares) y sus consecuencias sobre la población.

Las figuras más representativas de la segunda fase de la ciencia ficción son: Julio Verne, H. G. Wells, Isaac Asimov y Arthur C. Clarke. Los dos últimos caen fuera del periodo en el que he ubicado la segunda fase, pero: 1) sus características son genuinamente de la segunda fase y, 2) como se deduce de la exposición de las transiciones, una fase no es reemplazada por otra sino que, simplemente, se impone o brilla más (sin embargo, no se puede pasar de la primera fase a la tercera -encontraremos obras de la tercera fase (como E. R. Burroughs, Méliès) en el periodo de la segunda, pero ambos casos se encuentran ya pasada la mitad de la segunda fase). Tampoco se puede decir que Méliès sea un adelantado a su tiempo y que Asimov sea arte retrógrado, sencillamente, porque la sucesión de fases no es progresista ni excluyente (como la ciencia ficción respecto a la fantasía). Los cuatro fueron grandes apasionados de la ciencia (a Verne le costó la salud, Wells escribió libros de historia y política, Asimov es conocido también por sus obras de divulgación científica, y Clarke, incluso, contribuyó a la historia de las telecomunicaciones al popularizar la órbita geoestacionaria -que también se conoce como órbita de Clarke) y demuestran, en sus obras de ficción, mayores conocimientos que los que encontramos en Frankenstein sobre el galvanismo; de hecho, los propios científicos citarán a estos autores (Asimov y Clarke en la robótica, a Verne se le reconocen anticipaciones de invenciones). Aunque sean los más representativos, no quiere decir que todo lo que escriban sea de la segunda fase: ya hemos visto con Poe y Mary Shelley que hay que fijarse, más bien, en las obras antes que en los autores; en Arthur C. Clarke, por ejemplo, encontramos Los nueve mil millones de nombres de Dios (1953), que entraría en la tercera fase al reconocer la existencia de Dios («Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando»), y sin embargo, 2001: una odisea del espacio (la película de 1968 en la que colaboraron Clarke y Kubrick), a pesar de contener elementos de la tercera fase, pertenece a la segunda fase (incorpora la carrera espacial desde un punto de vista de la segunda fase: compárese con Star Trek, de 1966-1969).
Durante este periodo se consolidan temas clásicos de la ciencia ficción como los viajes extraordinarios (tema que también aparece en la fantasía desde mucho antes, como Los viajes de Gulliver, de 1726, o Las aventuras del Barón de Münchausen, de 1785), las utopías/distopías (que ya hemos visto que tampoco son exclusivas de la ciencia ficción) o las invasiones extraterrestres.
En las obras de viajes destaca Julio Verne con obras como Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), Veinte mil leguas de viaje submarino (1869) o Alrededor de la Luna (1870). Viaje al centro de la Tierra está a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción (será una influencia para la saga Pellucidar de E. R. Burroughs) pero Veinte mil leguas... es uno de los mejores ejemplos de una obra de la segunda fase: basta leer los capítulos XII y XIII para entender esta fase: hay numerosos detalles técnicos que denotan el entendimiento de Verne pero también, diégesis («Había aquí un misterio, pero no traté de esclarecerlo. ¿Cómo podía la electricidad actuar a tal potencia?... Eso era lo que yo no podía explicarme»). Este recurso del narrador (homodiegético) que no tiene tantos conocimientos como otro(s) personaje(s) lo encontramos también, por ejemplo, en Los primeros hombres en la luna (1902), de H. G. Wells, cuando el narrador no acaba de entender del todo lo que le explica Cavor sobre su trabajo; por otro lado, en esta novela encontramos también numerosas referencias físicas y químicas, hipótesis hoy verificadas (hay atmósfera en Marte (Cavor no duda: «¡Oh, sí!»), y en la Luna una muy tenue) o superadas (los volcanes apagados de la Luna) y, a la vez, describe la sensación de ingravidez, cómo se ve el espacio sin atmósfera de por medio, y se inventa la cavorita. También merece la pena destacar El mundo perdido (1912), de Arthur Conan Doyle, en el que aparecen dinosaurios y hombres primitivos en un ecosistema aislado que les habría salvado de la extinción; aunque los conocimientos científicos de Arthur Conan Doyle no son los de Julio Verne o H. G. Wells, todavía se especulaba, al no conocerse la totalidad del globo, con que podía haber animales de los que se consideraban extintos en algún lugar aislado. Al fin y al cabo, prácticamente cada expedición descubría algún animal nuevo (algo parecido a lo que ocurre hoy día con la exploración de los fondos abisales); este axioma también será recogido por King Kong (Cooper y Shoedsack, 1933) y La guerra de las salamandras (Karel Capek, 1936), que entraría dentro de la tercera fase. King Kong se mueve por coordenadas parecidas a las de El mundo perdido (en una se traen a Londres un pterodáctilo que escapa, en la otra se traen a Nueva York un gorila gigante -que escapa).
Los temas proféticos (engloba las utopías y las distopías) tienen tres fuentes: por un lado, la capacidad de preveer resultados de la ciencia, al aplicarse sobre las ciencias sociales y su posterior adopción por el arte; por otro, la arqueología, que trae a la luz civilizaciones desaparecidas: unas por paralelismo con el Segundo Imperio francés, el Segundo Reich o el Imperio Británico, con sus pretensiones de grandeza y eternidad (recordemos el Ozymandias de Percy B. Shelley, 1818: «Look on my works, ye Mighty, and despair!»), otras por haber desaparecido sin más (como los mayas); por último, el socialismo, que profetiza el fin del capitalismo a manos del socialismo, que será reemplazado por el comunismo (verdadero inicio de la Historia de la Humanidad); de hecho, tres de los cuatro autores más conocidos en la temática profética, H. G. Wells, Jack London, y George Orwell, fueron simpatizantes socialistas (en el caso de George Orwell, hasta que vio la influencia del estalinismo en la España de la Guerra Civil). De este periodo son H. G. Wells, Jack London y Aldous Huxley. También encontraremos otros autores como John Macnie (The Diothas; or, a Far Look Ahead, de 1883, describe una sociedad futura con elementos socialistas), o Edward Bellamy (Looking Backward: 2000-1887, de 1888, también describe una sociedad futura socialista); ambas obras (junto al anónimo The Great Romance, de 1881) son utópicas. Entre la distopía encontramos a los autores más famosos. Julio Verne, que a pesar de no ser socialista mostró simpatía por los revolucionarios de su época, escribió la distopía París en el siglo XX (1863), en la que muestra el mundo de 1960, tecnocrático y capitalista. Desde coordenadas marxistas, en La máquina del tiempo (H. G. Wells, 1895), el Homo sapiens se separa, en el futuro, en dos especies: los elio, descendientes de las clases sociales altas, y los morloks, que descienden del proletariado; en El talón de hierro (Jack London, 1908), encontraremos una sociedad futura gobernada por oligarquías industriales (la tríada oligarquía-mercenarios-proletariado y su evolución recuerda a la historia del Imperio romano), que serán finalmente destruidas; también de Jack London, The Unparalleled Invasion (1910) nos muestra a una China industrializada, con superpoblación, invadiendo Asia... la solución es el genocidio con armas químicas y la invasión por las potencias occidentales. Pero será (junto a 1984 (1949), de George Orwell, que ya es de la tercera fase) Un mundo feliz (1939), de Aldous Huxley, la obra profética más famosa e influyente (los dos primeros capítulos son claramente de la segunda fase).
A la pluralidad de mundos en seguida le siguió la posibilidad de que estuvieran habitados, y ya hemos visto como Voltaire incluía personajes extraterrestres. Todavía en esta segunda fase, en Alrededor de la Luna, Verne sólo apunta a la posibilidad de que hubiera una civilización extinta en la cara oculta de la Luna; sin embargo, H. G. Wells, en Los primeros hombres en la Luna, ya los muestra abiertamente y les da nombre: los selenitas, que poseen una civilización en el interior del satélite. En La guerra de los mundos (1898) los marcianos invaden la Tierra (la famosa retransmisión radiofónica de Orson Welles en 1938 de la novela demuestra el alto grado de verosimilitud que tuvo) y el hombre no puede hacer nada contra ellos (algunos ven en esta novela una crítica al colonialismo occidental), y son sólo las bacterias las que los detendrán. Al tiempo que se escribe la novela, todavía hace poco de los descubrimientos de Robert Koch de los bacilos de la tuberculosis en 1882 y del cólera en 1883 (precisamente ésta última pudo llegar a Europa desde la India, lo que aportaría aún más a la interpretación anticolonialista), y es coetánea a la aparición de las vacunas del tétanos (Clostridium tetani), de la difteria (Corynebacterium diphtheriæ) y de la peste (Yersinia pestis) en la última década del s. XIX (de hecho, en 1896 se origina una pandemia de peste en la India, y la vacuna aparece en 1897).
Otras obras de esta fase incluyen las del japonés Unno Juza (la segunda fase de la ciencia ficción coincide, prácticamente, con el periodo Meiji japonés (1868-1912), cuando Japón se desarrolla hasta convertirse en una potencia industrial), influido por Nikola Tesla, o And He Built a Crooked House (1941), de Robert Heinlein, que trata de una casa que es un hipercubo. También en Viejo muere el cisne (1939), de Aldous Huxley, se encuentran, en el episodio de la inmortalidad, elementos de ciencia ficción de la segunda fase.




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martes, 7 de septiembre de 2010

Las fases del género (axiomático) de la ciencia ficción: primera fase

Para Asimov, Somnium (1623), de Johannes Kepler, es la primera novela de ciencia ficción; para otros, será Micromegas (1752), de Voltaire, o Relatos verídicos (s. II), de Luciano de Samósta. Aun concediendo que puedan ser ciencia ficción, no creo que se pueda decir que tal o cual obra inaugura tal o cual género. Pero es que también sería mucho decir que Luciano o Voltaire, sólo por poner extraterrestres, hayan escrito ciencia ficción (otra cosa es la influencia efectiva que tengan después en el desarrollo del género, cuando éste ya está en marcha); o que el viaje onírico de Duracotus en Somnium sea como el de David Bowman en 2001. Es decir, ¿cuándo se puede decir que una obra, a partir de sus axiomas, es de ciencia ficción? No sirve rescatar la muy discutible «ley de máximos semánticos», ante todo (por no hablar del enfrentamiento verdadero/ficticio sobre la que se asienta) porque la categorización como verdadero (tipo I) ficcional-verosímil (tipo II) o ficcional-inverosímil (tipo III) recae demasiado en el público individualizado, en la verosimilitud (para Iker Jiménez, ¿en qué tipo entraría un relato sobre abducciones extraterrestres?), haciendo sumamente subjetiva la clasificación en géneros. Tampoco aplicaré un criterio cuantitativo, como si una obra con un 51% de axiomas catalogables como ciencia ficción perteneciera más al género que otra obra con sólo un 10%. Más bien, habrá que observar los teoremas (por metáfora: los teoremas se derivan de los axiomas): en el caso de 2001, ¿qué es del conjunto si quitamos el viaje a Júpiter?, y si los personajes de Micromegas no vinieran del espacio, ¿qué se perdería? En la serie de James Bond encontramos buenos ejemplos: en Muere otro día, sobre el axioma de la tecnología futurista del MI6, Q le da a Bond un coche que, entre otras cosas, puede hacerse invisible... y no sirve más que para engañar a Zao (5:12 a 5:52), ¿qué cambia en la historia sin el coche invisible (aparte de la forma de matar a Zao)?... ¿y qué es de La guerra de las salamandras sin las salamandras? Como los géneros axiomáticos no son excluyentes, encontraremos elementos, que, como el coche de ciencia ficción de 007, no tendrán suficiente potencia como para arrastrar al conjunto al género en el que se incluyen; otros, en cambio, si lo harán (por su importancia determinante en la historia).


Las ciencias proceden de las técnicas, y al regresar al ámbito de las técnicas dan lugar a las tecnologías. Es en este sentido, y no en el sentido antropológico del término (como cuando se habla de la «tecnología lítica achelense», por ejemplo), como hay que entender la tecnología como parte del núcleo del género de la ciencia ficción.
Tampoco, en un primer momento, habrá diégesis científicas de cualquier ciencia: unas por no haber aparecido, y otras por razones ideológicas. Históricamente, antes de nuestra era, las primeras ciencias con cierres categoriales serán la Lógica, las Matemáticas, la Geometría y el Derecho; la Física, aunque no delimite su campo todavía, también está bastante desarrollada (Tales de Mileto, Arquímedes,...), así como las técnicas que darán lugar a la Química y a la Biología. Será a partir de la Edad Moderna y sobre todo durante la Edad Contemporánea, cuando empiecen a ir cerrando sus campos: Copérnico, Galileo y Newton son considerados los padres de la Física; Lavoisier y Mendeléiev, de la Química; y Linneo, Darwin y Mendel de la Biología.
En las relaciones de las ciencias con la cultura, encontramos que las ciencias que se cerraron antes de nuestra era (antes del Cristianismo) han sido aceptadas y utilizadas sin ningún problema. El problema de estas nuevas ciencias es que sus conclusiones se enfrentan a los dogmas de la Iglesia; Galileo y Darwin son dos claros ejemplos de este conflicto, y de cómo había cambiado el mundo en doscientos años: Galileo tiene que retractarse por burlarse de un sistema apoyado en Aristóteles y alguna referencia bíblica (Josué, 10:12 y 13)... «eppur si muove», tuvo que murmurar; Darwin, sin embargo, hace imposible la Creación del Génesis y sólo levanta burlas, presiones y da lugar a debates.
Será, entonces, a finales del s. XVIII donde pondré el inicio de la primera fase de la ciencia ficción; cuando las ideas ilustradas del racionalismo y el anticlericalismo, la preeminencia de las ciencias sobre la religión, hayan calado suficientemente en la cultura. Esta primera fase llegará hasta pasada la primera mitad del s. XIX, con la revolución tecnológica (o segunda revolución industrial).
Durante este periodo, tanto la Física como la Química se verán ampliamente desarrolladas (en Química: identificación de elementos, análisis y síntesis de compuestos,...; en Física es el momento de los estudios sobre la electricidad y el magnetismo -emic: electromagnetismo desde Maxwell (1861)-, con Volta, Faraday, Ampère, Ohm, Ørsted,...; por otro lado, la arqueología se nutre de las excavaciones de Herculano y Pompeya, de la apertura de museos como el Británico (1753) o el Louvre (1794), de sus crecientes colecciones (expolios) egipcias, asirias, romanas y griegas, del descubrimiento de civilizaciones perdidas (los mayas), los jeroglíficos egipcios son descifrados,...). La tecnología se desarrolla rápidamente: aparece la pila eléctrica, el submarino (el primero que construye Fulton, en 1800, lo llama Nautilus), el barco a vapor, la locomotora, Gay-Lussac alcanza una altura de 7000 m en globo, se iluminan las calles de Londres con luz de gas, se inventa el daguerrotipo, las cerillas, el telégrafo, los fertilizantes artificiales, la electrólisis,... Son todo aplicaciones llamativas, vistosas, que atraerán la fascinación de la gente tanto por sus efectos como por sus causas (racionales, no mágicas: todo obra del «intelecto humano»); favorecerán también que, ideológicamente, se dote a estas ciencias de un trato especial: el cientificismo las situará por encima de las demás. Y es a raíz de esta fascinación y de este estatus privilegiado de donde se empezará a escindir la ciencia ficción de la fantasía; es por esto que las primeras diégesis no se hacen, por ejemplo, de las Matemáticas o del Derecho sino de la Física y de la Química, lo que determinará la evolución del género; también la arqueología y la Historia, a pesar de no ser ciencias cientificistas será una fuente de diégesis, por la fascinación que producen las reliquias más que por sus aplicaciones, que resultarán diegéticas al considerar una arqueología del presente (que, obviamente, sólo se podrá hacer desde el futuro); también habrá diégesis al inventar civilizaciones perdidas.
La fantasía también está cambiando, incorporando (gracias al localismo romántico) otras mitologías aparte de la grecorromana, como la nórdica o la celta, lo que dará lugar a una nueva fase en este género. Las obras mencionadas de Luciano, Kepler o Voltaire pertenecen al género fantástico, cuando la ciencia ficción es, todavía, un subgénero suyo (recurrirán a la mentira del relato o al viaje onírico para explicar los elementos de ciencia ficción); también pertenece al género fantástico La conversación de Eiros y Charmion (1839) de E.A. Poe : a pesar de que sea un cometa (como el cometa Halley, que pasó en 1835) el responsable del apocalípsis, de la descripción de la composición del aire (69% de nitrógeno y 21% de oxígeno) y de las propiedades de estos elementos, la conversación se lleva a cabo después de muerta la humanidad; son estos muertos dialogantes los que anclan todavía el relato en el género fantástico, a un solo paso de la escisión. Algo parecido ocurre con El último hombre (1826), de Mary Shelley, ambientada a finales del s. XXI, mientras que Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), de la misma autora, a pesar de ser anterior a La conversación... y El último hombre, ya puede considerarse una obra de ciencia ficción. Independientemente de si la criatura es una actualización, bajo el prisma científico, del golem (sólo se sustenta en similitudes superficiales) o de ciertas versiones del mito de Prometeo según las cuales creó a la humanidad a partir de arcilla (no es la versión de Esquilo, que es la que usa Percy B. Shelley para componer Prometheus Unbound (1819), tampoco es el Prometeo padre de la humanidad el que muestra Lord Byron en Prometheus (1816); ambos, influencia directa sobre Mary Shelley y Frankenstein), el hecho es que la criatura es ensamblada quirúrgicamente (lo que también determina su tamaño) y devuelta a la vida mediante, entre otros medios científicos, el galvanismo.
No sólo será el galvanismo la única teoría científica obsoleta hoy en día que se utilizará en esta fase del género. Basado en el interés científico en el magnetismo, encontramos el mesmerismo (el galvanismo habla de electricidad animal, el mesmerismo de magnetismo animal). Ejemplos de obras basadas en el mesmerismo son El magnetizador (1814), de E.T.A. Hoffmann y, de E. A. Poe, Revelación mesmérica (1844) y La verdad sobre el caso del señor Valdemar (1845). Parece ser que Poe no estaba tan interesado en el mesmerismo por formación científica como por las posibilidades literarias que ofrecía (diégesis potenciales, diríamos); en Londres se llegó a tomar La verdad sobre el caso del señor Valdemar como un informe científico. Si no fuera por las dudas que, ya a finales del s. XVIII, albergaba la cientificidad del mesmerismo (una Comisión Real en 1784, en la que figuraban, entre otros, Lavoisier y Franklin, no encontró evidencia del flujo magnético sobre las curas que se producían; más tarde habría otra en 1825 sin, tampoco, resultados concluyentes), lo que no ocurría con el galvanismo, cabría enmarcar el relato de Poe en la segunda fase, pero hay que considerarlo, más bien, como una obra de transición.



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jueves, 19 de agosto de 2010

La ciencia ficción como un género axiomático

Antes de pasar a exponer los géneros axiomáticos expondré, esquemáticamente, unos pocos conceptos necesarios.
En la relación de la ficción con la realidad, en oposición a las conexiones metaméricas, adoptaré un punto de vista diamérico, de forma que unas partes de la ficción se relacionan con partes de la realidad, parten de él o llegan a él, y otras no; también habrá partes de la realidad que no se relacionen con la ficción, y ficciones que se apoyen sobre ficciones. Así, hablaré de mímesis, coherencia y verosimilitud.
La mímesis es más o menos como la expuso Aristóteles: el autor inevitablemente toma elementos de su mundo (su mundo, hay que recordar, incluye a otra gente y otras obras de arte, entre otras cosas) para componer una obra. A estas referencias que el autor toma de su mundo se añaden otras dos figuras de la mímesis: la diégesis y el target (o público potencial). La diégesis, para Aristóteles y Platón, es el opuesto de la mímesis; sin embargo, en el contexto que expongo, se relaciona con las referencias para que la mímesis sea imitación y no duplicado: es cuando el autor varía lo que ha recogido de su mundo y lo retuerce o combina, es el alejamiento de las referencias. El público potencial que el autor tiene en mente aporta decisivamente en la recolección y la deformación; el target no es sólo aquel al que se dirige la obra, es también aquel contra el que se dirige.
La coherencia es el terreno de la obra y el artista. Es la construcción de un mundo normativizado según sus leyes propias. No es un mundo cerrado, impermeable, porque se pueden incluir, y de hecho se incluyen, referencias a otras obras, personajes, personas reales, &c. que complementen la obra: da igual que sólo se pongan como un guiño para que lo reconozca el público (lo importante de la intertextualidad es que se reconozca, si no deja de serlo) o que sea una pieza clave, como una codificación de la solución de un enigma central; también el público individualizado aportará elementos propios a ese mundo. La coherencia se confunde, a veces, con la verosimilitud otras veces la llamarán «unidad temática» (esta designación parece partir del plano de contenido; con coherencia pretendo apuntar la posibilidad de una «pluralidad temática» y no favorecer un plano más que otro). Los axiomas, una de las figuras de la coherencia, son completamente necesarios para exponer los géneros axiomáticos. En matemáticas, los axiomas son verdades evidentes que no necesitan demostración aunque permiten deducir otras fórmulas. En ficción ocurre exactamente igual: son un conjunto de principios con los cuales (en conjunto y en particular) se desarrolla el mundo expuesto, sus límites, sus personajes y sus conflictos (según, claro, las habilidades técnicas (la técnica) del artista y la atención del público individualizado).
Por último, la verosimilitud es la relación entre el público individualizado (el lector en un texto, por ejemplo) y la obra. La verosimilitud es la parte más subjetiva (así como la mímesis es la más inaccesible) de la tríada; consiste en que el lector se lo crea (o se lo quiera creer) y, en última instancia, que lo pueda incorporar a su mundo (la poeticidad). Así expuesto, queda claro que la verosimilitud no se puede confundir con la coherencia (tanto en la definición del DRAE («que tiene apariencia de verdadero») como en su uso estadístico (la función de verosimilitud permite estimar parámetros desconocidos a partir de datos conocidos) parece referirse a la obra ya acabada y confrontada con otros datos). A un profesor de física le puede gustar La guerra de las galaxias a pesar de las explosiones en el espacio porque las ponga entre paréntesis, o las explique cono la Iglesia explica el Génesis al no poder rechazar (o quemar) la biología y la paleontología; sin embargo, y a la vez, puede que no le guste cómo se soluciona en Origen el empujón con gravedad cero: es subjetivo. En la verosimilitud el autor sólo puede intuir cuándo el público dirá «¡venga ya!» o engañarle, esperando que no se dé cuenta.

Los géneros axiomáticos toman su nombre, claro, de los axiomas. Un axioma puede ser «hic sunt dracones» o «existen extraterrestres humanoides angloparlantes». Lo que viene a decir el género axiomático es que se pueden clasificar obras a partir de estos axiomas; una vez que se ha dado nombre a los géneros (a partir del análisis de las obras), se observa que no son mutuamente excluyentes (la ciencia ficción y la fantasía pueden combinarse entre sí, y también con el género negro a la vez, por ejemplo). Por supuesto, no todo género es género axiomático: en la comedia no es suficiente con que un escritor postule «el lector se va a reír», debe ser él el que, con su habilidad, haga reír -estos son los géneros técnicos.
El esquema de los géneros axiomáticos será el de las esencias plotinianas: sobre un género previo (el género radical) y a través de un núcleo invariante que interactúa con aportaciones exteriores con las que crecerá acumulativamente el cuerpo, el género se desarrollará en fases (curso). Aunque reconozca el peso de la tradición en el desarrollo de los géneros axiomáticos, no estoy, ni mucho menos, apelando al determinismo de las convenciones genéricas. Éstas pertenecen más a la verosimilitud y al público potencial que a la coherencia, y de hecho son secreciones de los géneros axiomáticos; son el momento en que se hipostasía el género axiomático y se congela su evolución, todo bajo el pretexto de que el público reconoce el género (y le gusta) gracias a estas convenciones.
La diégesis es el núcleo de los géneros axiomáticos, cada género tendrá un campo propio sobre el que la llevará a cabo (el campo se determina a partir de la categorización de los axiomas de las obras). La ciencia ficción se apoya en el género fantástico, cuyo núcleo es la diégesis de las religiones primarias y secundarias: en el género fantástico encontramos númenes y seres mitológicos a modo de axiomas, recogidos del folclore popular, activos a pesar de las religiones terciarias (el Cristianismo sobre todo). La diégesis se produce al vaciar a estos seres de contenido religioso (sólo se conservará la figura).
La ciencia ficción comienza a escindirse de la fantasía al desarrollarse las ciencias, tan pronto como éstas entran en conflicto con la religión, y una de las tendencias resultantes es la identificación: Newton creía poder encontrar a Dios detrás de las leyes físicas, Robespierre instauró el culto a la diosa Razón en Notre Dame, una de las citas más famosas de Einstein es «Dios no juega a los dados», todavía Hawkins tiene que insistir en que «la ciencia no deja mucho espacio para Dios». Es en esta tendencia donde se encuentra el puente entre la fantasía y la ciencia ficción: la ciencia ficción se desarrollará como la diégesis científico-tecnológica, en un principio entendiendo la ciencia como sustitutiva de Dios y la Metafísica; es por eso que desde el principio incorporará actividades paranormales como el mesmerismo o la telepatía, explicados (pseudo)científicamente. De la fantasía mantiene la presencia de animales no linneanos y sociedades inexistentes, desde una visión científico-tecnológica (extraterrestres y sociedades futuras, por ejemplo).
El cuerpo del género de la ciencia ficción se irá ampliando, alimentándose de tres fuentes: por un lado, la ciencia (innovaciones tecnológicas y descubrimientos científicos, ciencias nuevas o ciencias que no se habían incorporado antes); por otro, la ficción (incorporaciones de otros géneros, incluida la retroalimentación (autorreferencialidad) del género de ciencia ficción), y por último, los acontecimientos histórico-culturales. Hay que señalar que la fuente científica es emic, por lo que da igual que la teoría esté descartada hoy en día (por ejemplo, el galvanismo es uno de los intereses del Dr. Frankenstein y de la propia Mary Shelley: lo que sólo se aventuraba científicamente, ella lo incorporó como axioma).
En el curso distinguiré tres fases, producto de la dialéctica que mantienen religión (fantasía en el caso de la ficción) y ciencia, a través de la fascinación (en el sentido de la segunda definición que ofrece el DRAE «atracción irresistible», que es más cercano al sentido etimológico latino, fascinum: «embrujo»). Denotaré fantasía con φ, fascinación con f, y ciencia con c. Dado que la fascinación debe aparecer y que la fantasía y la ciencia no son excluyentes (aunque uno sea más fuerte que el otro en determinado momento), distinguiré tres fases de la ciencia ficción (que se apoyan en una fase previa, φf, que es el género fantástico): φf(c), donde la fantasía sigue dominando el conjunto aunque aparezcan referencias y diégesis científico-tecnológicas, es el periodo de formación del género; fc, en el que la fascinación recae exclusivamente sobre la diégesis científico-tecnológica; y (φ)fc, fase que no hay que entender como un regreso a la fantasía, sino como un desinterés en la referencialidad científico-tecnológica, donde los axiomas sólo se apoyen en diégesis y autorreferencias; en el límite, durante esta fase, puede llegar a desaparecer el núcleo. Al considerar las fases como evolución, cabe reconocer antecedentes y remanentes de unas fases en otras de forma que, por ejemplo, podemos encontrar autores de la segunda fase en la tercera, y viceversa. En la entrada "Las fases del género (axiomático) de la ciencia ficción" desarrollaré más detalladamente las fases en la evolución del género.



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domingo, 4 de julio de 2010

Apuntes sobre la ciencia ficción.

Anderi Tarkovski. La imagen total (Pilar Carrera, FCE, 2008) dice, en al menos tres ocasiones (páginas 17, 55, 79), que «Solaris no es una película de ciencia ficción». Sus razones son: «De ella está ausente cualquier exotismo técnico. De hecho la técnica misma está prácticamente ausente. A no ser como desecho…» (página 55) y «…que nada tiene que ver con la ciencia ficción, que al fin y al cabo es un género de rigurosa verosimilitud» (página 17).
Sobre la tecnología, según la autora, en Solaris, «la tecnología no se presenta victoriosa, triunfante, sino decadente, envejecida, pasada» (página 18). Sin embargo, basta recordar el concepto de «used universe» de George Lucas en La guerra de las galaxias: sobre todo en la primera trilogía (Episodios IV, V y VI), la tecnología se presenta usada, vieja, con fallos (el Halcón Milenario no salta al hiperespacio, es una «chatarra»,...). Para Pilar Carrera, esto sería razón suficiente para no considerar La guerra de las galaxias como ciencia ficción; tampoco Blade Runner, que también hace uso del «used universe».
El segundo criterio: ¿«rigurosa verosimilitud» respecto a qué? En Cosmos, Carl Sagan da una estimación a la Ecuación de Drake según la cual habría 10 civilizaciones extraterrestres detectables... el Senado Galáctico de La guerra de las galaxias ya no sería verosímil; si además incluyéramos en la ecuación el antropomorfismo de los extraterrestres, la cantidad sería infinitesimal... ¿qué pasa con los romulanos y los vulcanos; con Leia, Luke, Han Solo, &c.? Entendiendo la verosimilitud como verosimilitud respecto a una ciencia tampoco cabe como criterio: Guerra y paz es históricamente verosímil, Doce hombres sin piedad es jurídicamente verosímil ‒porque verosimilitud no se confunde con exactitud.
En una crítica más semiótica sobre la ciencia ficción, Pilar Carrera dice: «es un género “conservador”, pues hace del presente utopía al exacerbar una de sus tendencias, lo convierte en un paraíso en el que aún había vuelta atrás. La ciencia ficción clama por un eterno presente, por el mantenimiento de un statu quo que evitaría que el mundo dejase de ser morada del espíritu» (página 18). Al confundir el mundo del lector y el mundo del texto (e incluso el finis operantis del autor), el análisis es un sinsentido: se puede aplicar al género fantástico, o a cualquier género que muestre el "mundo real": «exacerbar» una de las tendencias del presente se hace en cualquier texto de ficción, ya sea la ética en La carretera («el fuego»), el hedonismo en Houellebecq, o el machismo en los hermanos Grimm. De hecho, podríamos decir que la perduración en el tiempo de esa tendencia exacerbada del presente es uno de los rasgos de lo que García Berrio llama «poeticidad».

Y entonces, ¿cómo definiríamos la ciencia ficción?
Antes de nada, ¿es un género? Resumiendo, por no tratarlo aquí: el tema de los géneros, en las teorías del arte, se presenta oscuro y confuso entre otras cosas porque está claro, por ejemplo, que si la narrativa es un género y la ciencia ficción es un género y la comedia es un género, se ve que se siguen criterios clasificatorios distintos, y se cruzan entre sí (en este caso, en Guía del autoestopista galáctico). Mantendré que la ciencia ficción es uno de los géneros que denominaré axiomáticos
Hay muchas definiciones de ciencia ficción, que sobre todo se centran en la tecnología, la ciencia, el futuro, y la utopía/distopía. Las definiciones científico-tecnológicas vienen a decir que la ciencia y la tecnología mostrada en la ciencia ficción es superior a la presente (lo que hace posible la presencia de robots, alienígenas, naves espaciales, hiperespacio,...). De acuerdo con el criterio científico-tecnológico, cabría distinguir entre dos polos: aquella ciencia ficción que es estrictamente científica, construyendo desde conocimientos científicos vigentes o embrionarios en el presente (Arthur C. Clarke, Isaac Asimov) y otro con menor rigor científico para el que, incluso, la ciencia no es más que una simple excusa (Ray Bradbury, Philip K. Dick, Stanislaw Lem). Según las definiciones temporales, la ciencia ficción se sitúa en el futuro. Sin embargo, tanto La guerra de las galaxias («Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana...») como La guerra de las salamandras (por poner sólo dos ejemplos) están ambientadas en el pasado; por otro lado, también como ejemplo, Terminator se situaba en el presente. El criterio profético distinguiría entre utopía y distopía –sin embargo, este criterio no siempre está tan claro como parece: ¿Fahrenheit 451 o Un mundo feliz no podrían considerarse como utopías, sociedades perfectas con elementos disruptivos (Montag, Bernard Marx), como pudieron ser los anarquistas de principios del siglo XX? Es más, muchas veces veremos utopías escondidas en una distopía (los hombres-libro de Fahrenheit 451, los valores que defienden los protagonistas de La carretera,...) y viceversa (varios de los viajes de Ijon Tichy en Diarios de las estrellas), o utopías distópicas (La guerra de las salamandras, R.U.R.)... también habría que reconocer obras de ciencia ficción que no sean ni utópicas ni distópicas (en cierto sentido, La naranja mecánica). Implícitamente, el criterio profético implica la ambientación de la ciencia ficción en el futuro ‒y ya hemos visto que no tiene por qué ser así. La tradición utópica, que ni mucho menos es exclusiva de la ciencia ficción, ubica la utopía (y con ella, la distopía) en el mundo de las Ideas, en el Cielo, en una isla remota,...(simplemente, como dijo Quevedo: «llamola utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar»). Sería la propia estructura de la ciencia ficción la que impulsaría su ubicación en el futuro.
La mayoría de las definiciones dadas son estructurales: dirán que la ciencia ficción trata de la ciencia, de la tecnología, del futuro y/o de la capacidad profética; por otro lado iría la definición que Robert Heinlein da de la ciencia ficción que es, más bien, una estructura narrativa (aunque ni se aplica necesariamente a toda obra de ciencia ficción ni una obra dejaría de ser de ciencia ficción por no aplicarse). Sin embargo, se puede proponer una definición histórica o evolutiva que, partiendo de una literatura y de un mundo dados, se conjugarán y desarrollarán, manteniendo a lo largo de su curso invariantes, incorporaciones, sustituciones, exlcusiones y refluencias. También habrá que considerar que la ciencia ficción no tiene por qué presentarse en su forma inmaculada, que puede cruzarse con otros géneros axiomáticos, también históricos. Por último, ciertos textos de ciencia ficción pueden llegar a ser clásicos cuando sean capaces de dar lugar a un subgénero o modificarlo/reconstruirlo (citaríamos, por ejemplo: 1984 o Un mundo feliz entre las distopías; Star Trek, Perdidos en el espacio o La guerra de las galaxias entre el subgénero de aventuras espaciales; El planeta de los simios, Mad Max o La carretera en el subgénero postapocalíptico).
En la entrada La ciencia ficción como un género axiomático desarrollaré esta definición histórica del género, a la vez que la estructura para otros géneros axiomáticos.


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viernes, 21 de mayo de 2010

Comentarios sobre Zeitgeist: Addendum

Me había prometido no escribir en un tiempo de política... Y lo hice -no haciendo nada, vaya.
Hace poco me recomendaron Zeitgeist: Addendum. Ya la primera era bastante rallante. No recuerdo mucho, pero sí de la primera parte (la de la religión) y de la tercera (el 11-S conspiranoico, con la termita)... ah, y lo de los chips que Rockefeller quería meter en cada americano. El Addendum no lo vi: me bajé la transcripción de la página de Zeitgeist y me la leí.
Antes de nada, que quede claro que no comulgo mucho (es un eufemismo) con la sociedad realmente existente. Tampoco comulgo con los visionarios... Así que cuando me meto con Zeitgeist lo hago: 1) porque se contradice él mismo, 2) porque "poda" (intencionadamente o no) aspectos de la realidad que pretende describir, y 3) porque sus coordenadas difieren de las mías (esto lo señalo en el texto con expresiones tipo "para mí", "según tal o cual", condicionales, &c.).
Así que:

Economía.
Desde que se abandona el patrón cambio oro y se impone el cambio flotante, la especulación se dispara y la inversión se frena. Ese es el origen de la forma de "crear" moneda que expone Zeitgeist.
No cuenta con que el Gobierno sea un jugador más (en el sentido de Teoría de juegos): si pide 10 y los bancos sacan 90... ¿no puede ser que, sabiendo cómo funciona el banco, el Gobierno pida menos de lo que necesita?
Deuda y crédito son simétricos. El crédito es la maximización del beneficio: el precio de un producto se hincha con la plusvalía, y con el crédito se hincha todavía más (y, como se paga a lo largo del tiempo, garantiza unos ingresos recurrentes). Así que si de maximizar beneficios de trata: ¿qué mejor que la deuda? "How can society ever be debt free? It can't. And that's the point" -Efectivamente, pero no es un sistema para mantener al prójimo esclavizado... las empresas quieren ganar dinero, no creo que tengan más espíritu megalómano que ganar y ganar algo más (el mejor ejemplo de esto, me parece, está en el verdadero desinterés que muestran por el deterioro ecológico del que son tan responsables).
Zeitgeist habla de holismo, de pensar como un todo, &c. pero cuando habla de la economía no es capaz de engranar la economía que nos muestra (de EE.UU.) con la de otros países. No sólo por la globalización: los intercambios internacionales, intergrupales, &c. siempre han existido (muchas venus del paleolítico están hechas con piedras muy lejanas, no de las canteras de donde sacaban las de sus enseres -según algunos arqueólogos, las venus serían como albaranes de un intercambio de mujeres, o mujeres por objetos). Cuando insertas esa economía entre otras la deuda, el crédito y la inflación toman otro significado -en la lucha por la supremacía financiera. No menciona la mercancía, que es el medio a través del cual se genera el beneficio (para Zeitgeist es sólo banco-moneda), que es sobre lo que se endeuda uno, y lo que uno consume -no menciona el consumo (leyendo Zeitgeist, me parece que pretende limpiar de culpa al consumidor: que si es esclavo de estructuras mentales impuestas, que si son las corporaciones y los gobiernos,... Claro, al final se entiende: nos están vendiendo el proyecto Venus). La mercancía, claro, también puede tomar la forma de acciones o de deuda -con los resultados que ya conocemos. Desde un punto de vista de economías interrelacionadas, la divisa no tiene por qué estar en el banco en el país, puede estar en otro país, o en forma de mercancía vendida (plusvalías) o en tránsito o en stock (deuda o inversión: todavía no ha generado más que gastos). Y claro, la circulación de la divisa: a mayor movimiento, más presencia: más importante es en el contexto internacional (aumenta su valor); si se dice que el dinero quieto no genera valor es porque no mueve mercancía (ni inversiones de compra/venta/producción) -ese dinero sí que es como si no existiera.
El consumo es fundamental para el sistema: el consumidor compra, repone y se endeuda: mantiene viva la rotación recurrente. Una paradoja del consumo es que, comprando un Mac estás enriqueciendo a Dow a través de las resinas epoxi que vende y que se usan para los chips y otras piezas. Pero comprando un Asus también. Poco, pero aportas. Si me enchufo a internet para unirme a thezeitgeistmovement.com, ¿a cuántas de esas horribles corporaciones estoy aportando dinero? Pero a Zeitgeist le vale con decir: "son malos: no compres de ellos, no trabajes para ellos". La resina epoxi también se usa para fabricar los molinos de viento de los parques eólicos... Dow es uno de los principales proveedores del mundo de epoxi, y es famosa por lo mucho que se la suda el medioambiente... A propósito, la resina epoxi viene del petróleo...

Política, "corporatocracia".
Para Zeitgeist, la política no vale para nada porque 1) quiere mantener las cosas como son, evitar el cambio y, 2) está al servicio de los que tienen el dinero. Sobre (1), sólo decir que es verdad, por supuesto, pero es que esa es la misma esencia de la política: es la sociedad civil la que presiona con sus divergencias para que haya cambios y según la fuerza (o índice de poder) que tenga cada facción, la política asumirá esos cambios -pero para que todo lo demás siga igual. (2) se deduce directamente de (1) cuando consideramos a las corporaciones como parte de la sociedad civil, con sus propios índices de poder. Una diferencia importante es que las empresas se unen para un objetivo común con más facilidad que el resto de facciones de la sociedad civil.
La parte del intervencionismo yanqui es la que más me gusta. Pero la mayoría de lo interesante que cuenta o ya lo sabemos (la Doctrina Monroe, aunque no la mencione) o ya lo han contado otros antes (y, para mí, mejor: como Chomsky). Otra paradoja que ni se plantea es que la depredación de los recursos de un país más pobre no sólo abarata el producto, sino que aumenta su disponibilidad en los paises importadores ricos: me acuerdo de unos espárragos trigueros en febrero -¿es que ya han salido?: no, que son de Perú. Otra vez que Zeitgeist silencia el consumo: la United Fruit Company no quería apoderarse de Guatemala, quería abaratar costes y controlar la producción para vender más. A la vez, el país pobre puede desarrollar industrias complementarias de la empresa colonizadora, &c. -otra cosa es que no se trata dignamente a la mano de obra, que el país hipoteca parte de su soberanía económica al apostar por empresas que lo abandonarán en cuanto encuentren otro sitio más barato, que el país condena sus recursos y su medioambiente por una esperanza de supervivencia en el mercado internacional.
La "corporatocracia": dice que son los emperadores del mundo... "An emperor is someone who's not elected, doesn't serve a limited term, and doesn't report to anyone": los emperadores romanos eran aclamados (elegidos), Carlomagno fue coronado por León III, fue el Senado el que ofreció a Napoleón la corona imperial... aunque sólo sea a modo de formalismo legitimador, la mayoría son elegidos; sobre el tiempo de servicio, ¿qué pasa con la Tetrarquía, Diocleciano no fue emperador?; que no responde ante nadie... que se lo digan a Teodosio cuando se las tuvo que ver con San Ambrosio. Mala definición de "emperador". La "corporatocracia" se comportaría, más bien, como la Guardia Pretoriana durante el periodo de los emperadores-soldado del Imperio romano: ahora te pongo, ahora te quito (te mato, vamos). Sería más correcto decir que son la oligarquía de nuestros tiempos. Además, "las empresas pertenecen a sus accionistas": los presidentes, los CEOs, no suelen ser los máximos accionistas, son los accionistas los que ponen a los directivos ahí (y les imponen estrategias y resultados) y los directivos responden ante los accionistas. La cosa se complica cuando empezamos a tener en cuenta la «infidelidad (especulativa) de los accionistas».
Tampoco creo que vivamos en un mundo carente de ideologías: aparte de que la democracia o el capitalismo son ideologías, es imposible no tomar partido en ciertos asuntos, y por mucho progreso científico-tecnológico que haya no se podrá evitar.
Respecto al terrorismo: sí creo que está inflado, y que algunos han sido gestados con dinero y entrenamiento (principalmente) estadounidense -y no sólo en el mundo islámico: recordemos la Escuela de las Américas. Pero negar la existencia de Al-Qaeda... y que responda a intereses corporativistas (americanos)... Insisto en mi punto de vista: estas corporaciones quieren ganar dinero y son altamente adaptativas (sin perder su meta) -por eso salen beneficiadas de todas partes (¡anda que no disfrutarían en un mundo que aplicara el proyecto Venus!). El terrorismo sirve para ocultar bajo su luz otras cosas -recortes de derechos, principalmente: pero, claro, es que se hace por tu seguridad; el Estado de bienestar apareció como contrapeso a que el proletariado se hiciera comunista; la ausencia de la URSS, de un Imperio "en el reverso tenebroso", favorece la política de rollback de la que habla Chomsky (reinstaurar el capitalismo decimonónico manteniendo el Estado de bienestar para los ricos). La buena noticia es que si se hace subrepticiamente, engañando, poco a poco (como un field testing), es porque todavía hay temor a un rebrote del movimiento obrero. Pero el propio rollback también es cuestionable en ciertos aspectos...

El proyecto Venus.
El proyecto Venus es la fantasía tecnocrática de un iluminado. Todo ese elogio de la tecnología me recordaba a Gary Oldman en El quinto elemento, cuando se atraganta...
En ningún momento se mencionan dos cosas fundamentales: ¿qué movimientos se pueden hacer para pasar de este mundo a ese que propone?, ¿quién y cómo se mantiene esa tecnología e investigación (¿estará a cargo de individuos, empresas privadas, asociaciones, un gobierno mundial,...?)?
Desde luego, la primera pregunta no se responde con ninguna de las seis sugerencias que se ofrecen al final de Zeitgeist. Si fuera una utopía no haría falta decir cómo se pasa de uno a otro, pero no es así ( "...the Venus project is offered as a possible alternative", y añade "if not, I fear the consequences": paráfrasis de "El que no está conmigo, está contra mí" del Evangelio de Lucas).
No sabemos cómo se mantendrá todo eso, dice, porque no somos capaces de imaginar cómo será ese mundo ("Mi reino no es de este mundo", Evangelio de Juan), pero el Sr. Fresco sí lo sabe (¿le ha sido revelado?): parece ser que el hombre llegará a su plenitud en esta sociedad... porque él lo dice, porque igual podíamos decir que será como un chimpancé encerrado en el zoo, o como los humanos de Wall-E. ¿Serán los científicos y tecnólogos como los filósofos de la República de Platón, o estaremos en manos de un Skynet que incluya en sus funciones la ingeniería social? Tampoco harán falta las leyes, dice, pero resulta que sólo toma en cuenta las leyes punitivas -como si las leyes no dotaran de derechos (los derechos inalienables, universales, son construcciones históricas: aparecieron, se mantienen y desaparecerán), regularan instituciones, &c.
¿Se comen los chips? Muy bien, la energía geotérmica y la de las mareas, y los trenes esos tan rápidos -cómo mola la tecnología ("everything else is auxiliary" -¡qué barbaridad!)... ¿se comen esos trenes? Zeitgeist no menciona nada de agricultura, ni de ganadería (estas palabras no aparecen en el texto, y "minería" sólo para hablar de la energía geotérmica y de los diamantes). Nos dice que Venuslandia podría mantener a todo el mundo... ¿y al triple de la población mundial actual? (no se plantea los problemas que expone El informe Lugano).Trata mal el tema de la escasez: según Gordon Childe, el comercio empieza precisamente cuando aparecen los excedentes, y el decrecimento controlado y el consumo responsable están relacionados con un aumento de escasez en el mercado pletórico; confunde producción y recursos (por supuesto que el agua y el aire existen en abundancia, pero no son productos -los productos no se encuentran en la naturaleza: los hace alguien a partir de recursos naturales o de otros productos); achaca a la escasez y el dinero la codicia con que se ha comportado el ser humano, pero la etología muestra esa codicia (también altruismo, es cierto -pero también hay altruismo en el hombre) en los animales. Cuando habla de "intelligent management of Earth's resources", ¿habla de podar la población, de comer Soylent green? Pretende declarar "all the natural resources on the planet as common heritage to all people" -sumemos a esto la Tragedia de los comunes, a ver qué sale...
El proyecto Venus me parece un mito apotropaico, una solución en un illo tempore futuro (la Edad de Oro) irrealizable desde el presente -se le podría dar la función de inmovilización de todo movimiento presente por la esperanza (la fé) de su realización futura... como el Apocalípsis cristiano, la nueva Jerusalém, inmovilizaba a las gentes de la Edad Media por la inminencia de la Segunda venida... "Señor, venga a nosotros tu reino".

sábado, 20 de febrero de 2010

Espina

Uno sabe que está cerca de Espina cuando comienza a escuchar las risas, la música y los gritos de los borrachos más allá de las colinas. Guirnaldas cubren las puertas de la ciudad todos los días del año, y el viajero siempre es bienvenido con viandas y deliciosos licores. Entre bromas, los habitantes de Espina hacen al viajero olvidar sus penas y le animan a lanzarse al baile con las alegres muchachas que coquetean sin vergüenza ante las mismas barbas de sus alegres padres. Al despertar entre sábanas blancas y muchachas desnudas uno cree haber vivido el día más feliz de su vida: pero el que se queda otro día en Espina descubre que será ese y no el anterior el día más feliz de su vida. Se dice que la ciudad oculta la infelicidad en sus plazas y corralas con un espeso manto de risa, música y confeti, y que ni siquiera el alma más atormentada es capaz de encontrar un motivo para no sonreir.

Sorprendentemente otros viajeros hablan de otra ciudad llamada Espina en la que las campanas doblan día tras día y los muertos son recogidos en carretas. La miseria toma la forma de callejones pestilentes donde los mendigos se arrancan las uñas contra las carnes leprosas por lechugas podridas. Los que de esta ciudad consiguen salir cuentan que Espina oculta la felicidad bajo regueros de inmundicias y entre las mellas y las pústulas de los apestados, atrapando al viajero en sus callejones.

Existe la creencia de que ambas ciudades sean la misma: un laberinto cuya forma depende del inapreciable suspiro, del leve parpadeo, del minúsculo gesto del que a Espina llega.

jueves, 28 de enero de 2010

Cuando el destino nos alcance



Así que nos jubilaremos a los 67, como poco. Mira que ya el verano pasado estaba Àngels Barceló vendiéndonos la moto: es muy bueno para el patrón, es muy bueno para el currito: ¡todos ganamos! Dice Carlos Herrera que es normal: si vivimos más, habrá que trabajar más; aterradoras premisas las de Carlos. Otro vocero como Àngels. Es su momento.
Esgrimen un puñado de razones: el envejecimiento de la población y el aumento de esperanza de vida, la supervivencia del sistema de pensiones, que otros países europeos lo están haciendo también, o lo mucho que se valora la experiencia del trabajador (esta es la de Àngels: magistral). No podría defender ninguna, tal vez porque pertenezco a esa sociedad que, según Zapatero, no está madura (1) -irónicamente, la misma sociedad que le eligió a él.

1. En la capa conjuntiva de la sociedad política, nos presenta el envejecimiento de la población.
El envejecimiento de la población es el problema radical, sólo hay que mirar la pirámide de población y cómo evolucionará: es como una seta. Es consecuencia del aumento de la esperanza de vida y el descenso de la natalidad.

2. En la capa basal, nos exponen la supervivencia del sistema de pensiones; también se presentan aquí las consecuencias del aumento de esperanza de vida y la baja natalidad.
El sistema no puede sobrevivir y la solución es retrasar la edad de jubilación. O eso o buscar otras fuentes de ingresos: aumentar la tributación de las SICAV, imponer la tasa Tobin, reducir sueldos (164.000 € cobra Montilla) y gastos de cargos políticos, acabar con la sangría de la externalización de la administración pública (y modificarla con un modelo menos decimonónico), acabar con esas obras faraónicas o con la economía sumergida o la contratación ilegal, &c.
Respecto al descenso de la natalidad, sólo la iglesia Católica ha señalado el problema (2) y no tanto por interés político como por aprovechar las circunstancias para asegurar la vigencia de sus dogmas -como si la superpoblación no fuese otro gravísimo problema. Tal vez sea porque los políticos actuales ven el tema como "dentro del ámbito privado" de cada ciudadano pero no se ha intervenido para favorecer la re-producción de la sociedad... Esperad, que oigo a Mª Teresa:
-Nosotros... ayudas... 2.000 €...
-¿Hablas de las ayudas para comprar coches o para tener bebés?
Y si es la de los bebés, dónde vas con 2.000 €, ¿lo inviertes en Merrill Lynch? O desgravaciones hasta los tres años: parches: el problema son los precios, el gasto familiar (hipotecas, seguros, &c.), los horarios, la falsa conciencia del empresario, el paréntesis profesional desde el punto de vista competitivo, el cambio de la forma de vida ("tus padres no eran esos aburridos que ves ahí hasta que te tuvieron a ti"),...
El aumento de esperanza de vida, de hecho, aporta razones para acortar la edad laboral: 1) corta el paso a la incorporación laboral de las generaciones más jóvenes y, 2) ni la fuerza de trabajo ni la productividad que aporta un mayor es igual a la de un joven, aunque sólo sea porque para aumentar esa esperanza de vida hay que acudir al médico con una regularidad en proporción directa al aumento de edad.
3. En la capa cortical, nos dicen que otros países europeos lo están haciendo también. Esto, o es infantilismo (conducta por imitación) o es mala fe (dado que estas medidas vienen de la UE (Barcelona 2002), cómo no se va a estar haciendo en otros países europeos). Sea como sea, tampoco justifica, en un Estado soberano, el retraso de la edad de jubilación.
También desde la capa cortical, nos presentarán a los inmigrantes como "los que nos van a pagar la jubilación". Pero, en este contexto, la inmigración es otro parche tanto si se la considera importación mano de obra interina (es lo que algunos preferirían: trabajan, no dejan más que el dinero cotizado, y se van), como si se ve como población activa en la parte media de la pirámide que, al quedarse, se jubila. Según esta concepción, conviene mantener pobres a los países emisores para tener al alcance mano de obra barata en edad adulta indefinidamente (el capitalismo demográfico: país A (productor del bien "trabajador") y país C (cliente final), tal vez pasando por un país B que sirve a modo de intermediario y aduana de la mercancía).

No creo que estemos ante un nuevo caso de incompetencia política, que el gobierno estatal esté claudicando (o que ya haya tirado la toalla) ante los intereses de las organizaciones supraestatales y transestatales.
Más bien, tanto PP como PSOE estarían siendo coherentes con su ideología. En este momento ambos mantienen posturas más cercanas a la superación del Estado que a su mantenimiento (aunque en el seno de ambos todavía se oyen voces pro-estatales). Aunque la UE muestre cierta preocupación por que "se produzca un repliegue nacional" (Consulta sobre la futura estrategia "UE 2020", pag.9), no me parece que estén pensando en estos dos partidos mayoritarios.
El PSOE renunció a la superación estatal por la vía marxista-leninista, y así llega a la alternativa supraestatal (UE). La opción transestatal no es la favorita por los posos socialistas (que explican su política exterior en América Latina, y su Internacional en Rodiezmo).
El PP, por otro lado, presenta una mayor tendencia hacia la alternativa transestatal (en la forma de empresas privadas "multinacionales") que hacia la supraestatal (aunque también abrace a la UE).
Ese es el debate que el bipartidismo nos puede ofrecer: crucifixión o decapitación.